lunes, 21 de noviembre de 2011

El tren (1964)

Tras más de mil días de ocupación, en 1944 París fue declarada ciudad abierta, este hecho propició que el ejército alemán iniciase los preparativos para abandonar la capital francesa, consciente de que nada podía hacer frente al ejército aliado que se encontraba a las puertas de la urbe. De este modo concluía el periodo de ocupación y permitía que los parisienses recuperasen su libertad y el control de sus vidas. El tren (The Train) se inicia en ese preciso instante, cuando las tropas alemanas salen en desbandada de París, pero no sin antes saquear una de las pinacotecas más importantes del mundo. Renoir, Picasso, Van Gogh, Manet, Miró, Gauguin, Matisse y muchos otros grandes genios de la pintura legaron a Francia y al mundo maravillosas e irrepetibles obras de arte, que el coronel Von Waldheim (Paul Scofield) ha ordenado trasladar a Alemania, porque él conoce su verdadero valor, no el monetario, que sería incalculable y que le permite conseguir un tren para transportar un tesoro de la humanidad, sino su valor artístico. John Frankenheimer dedicó El tren a los ferroviarios franceses quienes con su lucha, entrega y sacrificio entorpecieron el transporte de las tropas enemigas; hombres corrientes, pero a la vez especiales, como Labriche (Burt Lancaster), Didont (Albert Remy), Pesquet (Charles Millot) o Papa Boule (Michel Simon), que se enfrentan al invasor desde su trabajo. Inicialmente, el grupo formado por Labriche contaba con dieciocho hombres, cuando la señorita Villard (Suzanne Flon) se presenta para solicitar su ayuda tan sólo quedan tres, los demás han muerto o caído prisioneros. Sin embargo, la guerra aún no ha finalizado y el tiempo de las lamentaciones debe esperar, porque todavía se les necesita para poder retener un tren cargado con armas y tropas, un transporte que debe ser volado por la aviación inglesa y que precisa de esos ferroviarios para que el plan se cumpla. Pero ese no es el tren que realmente importa, aunque ninguno de ellos lo sepa todavía y hagan caso omiso a las palabras de la cuidadora del museo, palabras que nunca alcanzarán a comprender. Labriche no entiende de arte, pero sí del valor de las vidas de sus compañeros y de la libertad, por eso se niega a sacrificar a sus hombres para conseguir que el tren del arte no salga de Francia, para él no tiene sentido ofrecer vidas humanas a cambio de unas obras de arte que ni valora ni le importan, no así el coronel alemán, quien padece una obsesión que le obliga a supeditar cualquier otra circunstancia, interés o persona, al objetivo de que el tren parta inmediatamente, prioridad personal que le decide a incumplir las órdenes, a mentir o a castigar a presuntos saboteadores, mostrando una personalidad cruel y cegada por una idea que antepone a la vida de cualquier ser humano porque, según su opinión y la de la señorita Villard, las pinturas son insustituibles, pero lo que no saben y Labriche sí, sería que las vidas de los hombres también lo son. La idea de qué es prescindible y qué no lo es se muestra en la elección entre las obras pictóricas o los hombres, los mismos que se sacrificarán para conservar en suelo francés el orgullo de la nación, como lo hace Papa Boule, el viejo maquinista que nada sabe de pinturas y que ni siquiera reconoce el nombre de sus autores; no obstante, no puede dejar de pensar en las palabras que le han susurrado <<transportas el orgullo de Francia>>. Papa Boule sabe que no tiene nada que perder, también sabe que no tiene miedo a los alemanes, como también reflexiona sobre la necesidad de impedir que expolien a Francia. ¿Debe permitirlo? ¿Qué pueden hacerle en caso de intentar frenarles? ¿Matarlo? Él ha decidido, es más importante el orgullo nacional que su vida, por eso no duda en actuar en consecuencia, siendo el primero en sabotear el tren de las pinturas. El hecho de comprobar, una vez más, la muerte de un compañero a manos de los soldados, convence al resto de ferroviarios, maquinistas, jefes de estación y demás empleados para actuar y proteger las obras de arte por las que Papa Boule se ha sacrificado. A partir de ese instante, el duelo entre Labriche y el coronel alemán cobra mayor protagonismo, mostrando a dos hombres cuyas ideas difieren como el día y la noche, pero que coinciden en su disposición total para llevarlas a cabo. El suspense se adueña de la historia y ofrece la posibilidad de escenas tan inquietantes y logradas como el trayecto circular con el que engañan a los soldados alemanes que viajan en el tren o la escena en la que los trabajadores deben pintar los tres primeros vagones del tren para que sea reconocido por la aviación aliada. El tren es un film rítmico que si bien se encuadra dentro del género bélico se asemeja más a un thriller trepidante en el que la acción parece no detenerse ni siquiera en los momentos más íntimos que se desarrollan cuando Labriche comparte la tristeza y los temores de Christine (Jeanne Moreau), la mujer que le ayuda a pesar de que pueda costarle la vida, como también les puede costar a los hombres que un coronel obsesionado por su idea ha colocado como escudos humanos para proteger la locomotora.

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