miércoles, 16 de noviembre de 2011

Cero en conducta (1933)

Su delicada salud provocó su muerte a los veintinueve años, pero su prematuro fallecimiento no impidió que Jean Vigo dejase su impronta en la historia del cine francés y también en el mundial. Lo hizo con solo cuatro títulos, aunque fueron Cero en conducta (Zéro de conduite), mediometraje de 44 minutos, y el largometraje L'Atalante los que le mitificaron y convirtieron en un referente cinematográfico al romper con lo establecido y sentar algunas bases que posteriormente serían empleadas por directores como François Truffaut, quien explicó la influencia de Cero en conducta a la hora de realizar Los cuatrocientos golpes. Censurada y prohibida durante años, al ser considerada una película antipatriótica y anarquista, se descubre en ella el rechazo de su autor al comportamiento intolerante y a la ignorancia de su época. Para ello, Vigo potenció la libre expresión de lo "incorrecto y anárquico", que se aleja de la seriedad y del riguroso control del mundo adulto al que se oponen los niños del internado donde se desarrolla la historia (autobiográfica); sobre todo, tres de ellos: Bruel (Coco Golstein), Causatt (Louis Lefebvre) y Colin (Gilbert Pruchon), a quienes se unirá Tabard (Gérard de Bédarieux), recién llegado al centro y de apariencia débil, a quien los profesores pretenden mantener bajo su dominio. El internado se presenta como un lugar de opresión donde los niños son controlados, pero también es un lugar para la diversión y la anarquía que provocan las ocurrencias, los juegos y las travesuras de los jóvenes estudiantes, que únicamente salvarían de la quema al profesor Hughet (Jean Dasté), un buen tipo influenciado por Chaplin, que imparte sus clases de una manera mucho más libertaria y divertida que el resto de sus colegas de profesión, y por lo tanto debe ser respetado por la revolución que tienen planeada. Cero en conducta se mostró trasgresora, rebelde y universal, pero enfocando su discurso dentro de ese microcosmos infantil que sufre la opresión de los adultos, rígidos en su pensamiento y anclados en viejas costumbres que impiden las libertades y el comportamiento típico juvenil, que consistiría en la diversión, en la imaginación y en la transgresión de esas normas que pretenden someterlos. Por ese motivo los niños desean enfrentarse al sistema que pretende alienarlos y que intenta suprimir cualquier atisbo de rebeldía, que no sería más que el signo de su edad y de su condición. ¿Hasta dónde habría podido llegar un poeta de la imagen como Jean Vigo si hubiese tenido tiempo para, cuando apenas había iniciado, proseguir con su carrera artística? Quién sabe, pero ahí quedan esas dos obras que testifican el talento de un cineasta que basó el relato del film en experiencias propias vividas durante su infancia, cuando él mismo fue alumno de un internado similar al que sirve de escenario para su Cero en conducta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario