sábado, 15 de octubre de 2011

Juegos prohibidos (1951)

A través de los ojos de dos pequeños se descubre el mundo en el que les ha tocado vivir, un mundo insolidario, ajeno al respeto por la vida, lleno de amenazas y de soledad, como a la que ha sido condenada Paulette (Brigitte Fossey), una niña de cinco años que lo ha perdido todo, realidad que llega sin avisar, de un modo injusto y brutal, que le obligará a buscar el significado de la desgarradora ausencia de sus seres queridos. Juegos prohibidos (Jeux interdits) confirma que la guerra no tiene en cuenta la edad de aquellos a quienes castiga, certeza que descubre la pequeña cuando presencia la muerte de sus padres durante un ataque aéreo. Sola, sin saber qué hacer ni qué sentido darle a la muerte, deambula por entre los destrozos provocados durante el ataque, nadie se fija en ella, nadie le presta ayuda, Paulette continúa caminando sin rumbo fijo hasta que finalmente se encuentra con Michel (Georges Poujouly), un niño algo mayor que ella, quien le ofrece la oportunidad de un nuevo hogar. A pesar del cariño y la aceptación que le muestran tanto su nuevo amigo como los padres de este no resultan suficientes para que pueda olvidar, pero sí para mal aceptar, desde su perspectiva infantil, la ausencia de sus padres. La mente de la niña no encuentra sosiego, piensa en silencio mientras simpatiza con Michel, porque se comprenden, algo que no sucede con los adultos, cuestión que René Clément expuso de manera explícita. El cariño que Michel siente hacia su nueva amiga se muestra puro, desinteresado y comprensivo, hasta tal punto ha entrado en su vida que sería capaz de cualquier cosa con tal de contentar a esa niña desposeída del amor y de la protección, una niña que no puede evitar sufrir ante esa carencia, porque en el mundo que la rodea no encuentra con qué llenarla. Inconscientemente, la triste realidad del pasado reaparece en el pensamiento de Paulette; todavía no alcanza a comprender en toda su dimensión el significado de su pérdida, de la muerte o de la religión, por ese motivo enfoca hacia su perro sus dudas y sus miedos, un animal que también ha muerto y al que entierra en una celebración que asume como positiva, al menos eso es lo que desea, como también desea que su mascota no se encuentre solo, quizá pensando en su propia soledad o en la de sus padres. Comprendiendo el anhelo de su amiga, Michel roba cuantas cruces y crucifijos encuentra en su camino, para construir una especie de cementerio donde pretende enterrar a animales que acompañen al perro de Paulette, de ese modo, no estará solo. El rostro de la niña refleja en toda su magnitud el sufrimiento y la soledad que le llevan a comportarse de una manera que los adultos no comprenden, porque ni siquiera se plantean intentarlo, sólo ese niño que la quiere y apoya intenta hacerlo, para así poder ayudarla, porque él sí es consciente de la realidad de su amiga.

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