jueves, 20 de octubre de 2011

Amanecer (1927)

El éxito de El último traspasó las fronteras de Alemania para sorprender en Hollywood. Allí, William Fox comprendió la maestría de Murnau y le ofreció un contrato que el alemán no pudo asumir de forma inmediata. Concluido el rodaje de TartufoMurnau viajó a California, donde el máximo responsable de la Fox le ofreció todas las facilidades para que realizase un film que igualase en grandeza a aquel título que confirió libertad a la cámara. De ese modo nació Amanecer (Sunrise), la gran obra americana de su autor y una de las cumbres del cine poético, porque toda ella es un poema visual que arranca con las tinieblas que cubren las vidas de sus protagonistas, cuando la presencia de una mujer (Margaret Livingston) nubla la razón del personaje interpretado por George O'Brien. Para su esposa (Janet Gaynor) solo queda el triste recuerdo de aquel matrimonio dichoso que se ha convertido en soledad, por el deseo de un hombre que se ha dejado atrapar entre las garras de una amante que lo domina hasta el extremo de enfermar su mente y sus actos. La idea de ahogar a su mujer, fruto de una falsa promesa de felicidad, lo consume. Sabe que sí ella muere será libre para comenzar una nueva vida en la ciudad, al lado de la joven que se ha introducido en su cerebro y que le ha convencido para realizar un acto que sabe terrible. Hermosas, líricas y simbólicas, las imágenes de Amanecer plantean el olvido, el dolor y el renacer de un amor que resurgirá con mayor fuerza que antaño, porque, como su título advierte, el amanecer se convierte en un nuevo despertar a la vida y a ese amor olvidado, que gracias a la no consumación del acto cruel resurge con fuerza renovada, fruto de la certeza de que todavía se aman y de que él nunca podría dañarla. Al mismo tiempo que el marido descubre sus verdaderos sentimientos y la crueldad de sus anteriores intenciones, ella descubre la realidad del viaje que tanto le había ilusionado; por eso llora, su corazón se ha roto, ahora le teme y le rechaza. Pero tras deambular por la ciudad como dos almas en pena, observan a una pareja ante el altar, y recuerdan las promesas que ellos mismos se habían hecho, esas palabras son el bálsamo que limpia sus dudas y sus temores, ofreciendo una nueva oportunidad que les llena de dicha. Sus rostros recuperan la alegría que en la oscura soledad había desaparecido de sus corazones, ahora rebosan una complicidad y una felicidad eterna que sólo los enamorados comparten, pero los caprichos del destino no les olvida ni abandona, presentándose de manera trágica en una tormenta que estalla cuando regresan al hogar y que amenaza el amor recuperado. Decir que F.W. Murnau fue y será uno de los genios cinematográficos de siempre sería repetir algo que se ha dicho y escrito en infinidad de ocasiones, pero no estaría mal recordar su virtuosismo y su talento a la hora de rodar una película repleta de hermosas imágenes, de tiniebla y luz, llena de símbolos como podría ser ese amanecer que despierta un nuevo día, una nueva esperanza y una nueva oportunidad para el amor y la vida, porque los rayos del sol acarician un hogar donde la noche ya no tiene cabida.

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