lunes, 26 de septiembre de 2011

Pulp fiction (1994)

Tener a mano al señor Lobo (Harvey Keitel), a quien también se le puede llamar Winston, es todo un seguro contra imprevistos como el sucedido en el automóvil de Jules (Samuel L.Jackson) y Vincent (John Travolta), dos asesinos profesionales que trabajan para un tal Marsellus Wallace (Ving Rhames), el mafioso a quien poco después unos desconocidos obligarán a pasar por una situación no podrá olvidar. Estos cuatro tipos son algunos de los personajes que pueblan Pulp Fiction, la segunda película de Quentin Tarantino, una mezcla de historias entrelazadas que se inicia y concluye en el restaurante donde Honey Bunny (Amanda Plumer) y Pumpkin (Tim Roth) charlan sobre cuál será su próximo golpe. Mientras, de fondo, alguien dice que va al servicio, una voz que se reconoce en el tipo que reta a Butch (Bruce Willis) en la barra del local de Marsellus y con quien volverá a coincidir a la salida de otro aseo. Pulp Fiction salta de una historia a otra, presentando situaciones anómalas en las que prevalece el humor, la violencia y las conversaciones subidas de tono, que definen el cine de Tarantino y a sus personajes. Vincent Vega y la mujer de Marsellus Wallace, el reloj de orola situación con Bonnie son los tres episodios principales de un largometraje que siempre cuenta con la presencia, más o menos importante, de ese matón de vientre flojo que acaba de regresar de Europa tras tres años de ausencia. Vincent ha vuelto y de nuevo realiza encargos para Marsellus, uno de los cuales consiste en cuidar a la mujer de aquel durante su ausencia. Vincent y Mia (Uma Thurman) se atraen, es evidente, circunstancia que a él no se le escapa y que le advierte que debe evitarla si no quiere que su vida valga menos que el batido de cinco dólares que sirven en el local donde cenan y bailan. De nuevo en un servicio, parece sentir debilidad por ellos, Vincent se convence de que lo más sensato sería marcharse y relajarse en su casa, evitando así la peligrosa tentación que significa estar a solas con una mujer como Mia, quien mientras aguarda no puede resistir probar el polvo blanco que encuentra en la gabardina del matón. La situación desborda cualquier circunstancia imaginada por Vincent cuando comprueba que Mia es víctima de una sobredosis que podría acabar con la vida de ambos. La amenaza de muerte también persigue a Butch tras haber faltado al compromiso que le ligaba a Marsellus. El boxeador ha vencido un combate que debía haber perdido; el batido continúa siendo más caro que la vida humana, aunque Butch no entiende de batidos y sí de relojes, sobre todo de uno muy especial, su herencia paterna, un reloj que durante siete años no había visto la luz del sol. La necesidad de recuperarlo le impulsa a ponerse en peligro, a encontrarse cara a cara con un tipo que sale del aseo y a asistir a esa rara fiesta como pareja de Marsellus, quien continúa con su intención de matarlo. A quien no querían matar es a Marvin (Phil LaMarr), sin embargo, la pistola de Vincent se ha disparado por accidente, siempre según su versión, esparciendo los sexos del muchacho por todo el interior del vehículo; ¡menudo desastre! Deben actuar rápido, de lo contrario podrían verse en apuros, los que le crean a Jimmie (Quentin Tarantino) cuando se presentan en su casa con el fiambre. Deben irse y dejar todo como estaba antes de que regrese Bonnie, su esposa. Una llamada, menos de diez minutos y Winston se presenta con los deberes hechos. Un par de indicaciones por aquí, un café por allá, un baño refrescante y adiós problema. Ahora sólo queda desayunar, entregar el maletín, ¿qué hay dentro?, una curiosidad innecesaria, y disfrutar de esos bañadores y camisetas que tan bien lucen en Jules y Vincent, mientras el primero se plantea abandonar su oficio tras una especie de intervención divina que el segundo se niega a aceptar, y sobre la que pretende seguir discutiendo cuando regrese del W.C.

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