martes, 20 de septiembre de 2011

El juego de Hollywood (1992)

Cuando el espectador se sienta a disfrutar de una película no se plantea el mundo que se esconde detrás, o cómo se han gestado las imágenes que contempla, algo más que lógico, ya que para ello existen personajes como Griffin Mill (Tim Robbins), dedicados a ofrecer productos de dudosa calidad. De vez en cuando surgen producciones que presentan ese mundo ajeno al público, un lugar donde la fantasía no se encuentra por ninguna parte, pero sí el estrés, la ambición, los fracasos o las frustraciones de aquellos que lo conformar. El juego de Hollywood (The player) es una excelente oportunidad para descubrir algunas de las situaciones que se producen a diario dentro de los estudios cinematográficos, donde los ejecutivos deciden las historias que van a ser rodadas o cómo se filmarán; lo que prima no es la calidad final, sino la recaudación y qué estrella encabezará el reparto. En la productora en la que trabaja Griffin Mill las buenas películas sólo son un recuerdo que se descubre en las paredes adornadas con los carteles de esos clásicos que hicieron grande al cine made in Hollywood, pero que ahora han dejado paso a producciones donde el sexo, la violencia, la risa fácil o la aparición de esa figura estelar reconocida y aclamada por el espectador, importan más que el talento o la historia. Griffin Mill sabe todo eso, él es un alto ejecutivo, su función consiste en dar luz verde a los proyectos que considera cualificados para convertirse en éxitos. Su trabajo no resulta sencillo, cada día debe escuchar o leer más de cien argumentos de los cuales tan sólo doce serán rodados a lo largo del año. Este hecho significa que muchas buenas ideas nunca verán la luz, pero eso no importa, lo que sí importa es conservar un puesto constantemente amenazado por otros seres de su misma condición. Sin embargo, para Griffin las amenazas también son de otro tipo. Robert Altman utilizó dos líneas argumentales para exponer su visión de la industria cinematográfica. La primera sería una especie de gancho, carente de importancia significativa, que llamaría la atención del espectador; un McGuffin como diría Alfred Hitchcock, que se presenta en el acoso que sufre Griffin y su posterior encuentro con David Kahane (Vincent D'Onofrio), guionista frustrado y resentido que proporciona la falsa intriga que viaja paralela a la verdadera historia: los entresijos que se desarrollan en los estudios cinematográficos. De este modo, se comprueba como en el día a día de Griffin es necesario guardar las apariencias, saludar a las estrellas, justificarse delante de los superiores, rechazar a personas tras la falsa promesa de contactar con ellos o descubrir como una amenaza más terrible que las postales que recibe planea sobre el puesto que ocupa. La propuesta de Robert Altman no duda en criticar, desde la ironía y el humor negro, un universo que conocía a la perfección, pero del que se mantenía a una distancia prudente, un mundo empresarial en el que la calidad de sus productos no es la cuestión prioritaria, quizá por ello Larry Levy (Peter Gallagher) insiste en que no se debería pagar por un guión, cuando de cualquier noticia de la prensa se puede sacar una película, o cambiar los finales aunque los nuevos estropeen la calidad del film, pero ¿a quién no le gusta que las películas terminen bien? Desde el cinismo y la mala leche, El juego de Hollywood toma prestado aquello que Griffin asegura debe tener un guión o una película si pretende alcanzar el éxito: intriga, que Robert Altman rueda para mostrar que no es necesaria; sexo, ¿a quién se le ocurriría ir al cine para ver una escena de sexo, visto y no visto, que no viene a cuento e interrumpe el ritmo de la narración?; violencia innecesaria en un charco de cinco centímetros de profundidad; un desfile de estrellas interpretándose a sí mismas, que no aportan nada más que su rostro, o un final que confirma la mala leche de este juego de ambiciones donde lo importante parece que ya no es realizar buenas películas, sino el dinero y el poder.

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