domingo, 14 de agosto de 2011

Capitanes intrépidos (1937)

El inicio de la versión cinematográfica de Capitanes intrépidos (Captains Courageous) difiere del empleado por Rudyard Kipling al comienzo de su obra literaria, ubicada en el barco en el que viaja Harvey; por su parte, Victor Fleming dio a conocer la personalidad del mismo muchacho mediante su relación con sus compañeros de colegio y con su padre, a quien apenas ve como consecuencia de los muchos negocios que éste debe atender. Harvey Cheyne (Freddie Bartholomew) se presenta como un niño caprichoso, mimado, capaz de mentir, extorsionar o engañar con tal de lograr todo cuanto pretende. Su falta de ética y su manera de comportarse, parece creerse superior a todo aquel que le rodea, provocan un constante rechazado por parte de los demás niños. Como represalia ante un hecho que le disgusta, se inventa una mentira que pretende castigar a quienes no le han seguido el juego, pero en esta ocasión no obtiene el resultado esperado. Su padre (Melvyn Douglas), advertido de que el comportamiento de su pequeño puede ser debido al inconsciente alejamiento que se ha producido entre ellos, decide dedicar parte de su tiempo a la educación de su retoño. De este modo, película y novela coinciden por primera vez sobre la cubierta de un transatlántico del que Harvey caerá para ser pescado por Manuel (Spencer Tracy), quien lo traslada al pesquero donde trabaja. Los primeros momentos son de una enorme confusión para Harvey, no comprende su nueva situación y menos aún la de los pescadores, hombres que deben trabajar duro para poder sobrevivir. Harvey obliga al capitán Diske (Lionel Barrymore) a regresar, al menos lo intenta, pero en ningún momento muestra agradecimiento. Su comportamiento continúa siendo el de un pequeño dictador que se cree el centro del universo, el mismo que se había observado en el colegio y en el hogar paterno. Sin embargo, su actitud no muestra su verdadera esencia, pues actúa de modo descortés y engreído porque esa sería su forma de llamar la atención, de decir aquí estoy yo, y soy importante. Dicho comportamiento evoluciona hacia otro muy distinto cuando Manuel se convierte en la imagen paterna deseada por Harvey; en el portugués encuentra el calor y la seguridad que no ha experimentado en su vaga relación paterno-filial. La imposibilidad de regresar a tierra le obliga a permanecer en el barco, a compartir la vida diaria de unos pescadores en los que encuentra rechazo y aceptación. Para él supone toda una lección de aprendizaje, una cura de humildad y un proceso de maduración que le permite experimentar la verdadera camaradería, así como participar en la lucha entre el mar, amigo y enemigo, y esos nuevo camaradas ajenos a las comodidades a las que él está acostumbrado. Tras un comienzo caprichoso, tiránico e irrespetuoso, descubre la emoción, la admiración y el respeto que merecen sus nuevos compañeros, sobre los que destaca esa figura protectora que sin pretenderlo se convierte en un padre, un maestro y un amigo, posiblemente el primero que Harvey tiene en su corta existencia. El sentirse parte de algo le permite afianzar su confianza y su autoestima, ya no desea regresar al lado de su padre, sino que pretende convertirse en pescador, igual que aquel a quien admira y quiere. Excelente en todos sus aspectos, Capitanes intrépidos se muestra desde la sencillez que realza la maestría, la sensibilidad y la emoción que la convierten en un clásico imprescindible en el que hay cabida para el aprendizaje, la camaradería, los sentimientos y la aventura vivida por Harvey, la misma que provoca su cambio y le aleja de la soledad que le ha convertido en un engreído capaz de pisotear a quienes le rodean; sin embargo, gracias al trabajo en equipo, a la convivencia entre los marineros y a las charlas con su amigo Manuel, se produce su transformación y la liberación y aceptación de su propio yo, el muchacho que necesita sentirse aceptado y a la vez querido. 

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