lunes, 13 de junio de 2011

Mi tío (1958)

Gérard (Alain Becourt) prefiere pasar el tiempo con su tío en lugar de con sus padres. Las razones son obvias, con su tío puede salir a la calle, relacionarse con pequeños de su edad o realizar las travesuras que todo niño desea. Si a lo anteriormente escrito se le añade que su pariente es un hombre despistado que fuma en pipa, que se quita el sombrero cada vez que saluda y que responde al nombre de Hulot, se acepta la elección del jovenzuelo. El mundo del señor Hulot (Jacques Tati) se descubre ajeno a la modernidad que invade la ciudad y la vida diaria de una sociedad burguesa en la que predominan los automóviles, los electrodomésticos, las puertas automáticas y una larga.lista de acumulaciones ostentosas a cada cual menos necesarias, que se pueden encontrar en las incómodas casas de esas familias de la alta clase media que, contrarios a Hulot, semejen seres alienados que apenas prestan interés a las pequeñas (grandes) cosas de la vida. En la antítesis del entrañable y desastroso personaje ideado por Jacques Tati (una más que posible inspiración para crear a otro torpe cinematográfico como sería el inspector Clouseau), se encuentran su hermana, Adrienne (Adrienne Serventie), y su cuñado, Charles (Jean-Pierre Zola), dos personas aparentemente felices, que comparten una vida perfecta, ubicada en un barrio perfecto, dentro de una casa perfecta. Pero la realidad que se muestra es bien distinta,  Adrianne y Charles se encuentran dominados por la modernidad, el consumismo, la tecnología y las apariencias, son personas que han olvidado las relaciones personales, tanto entre ellos, como con los demás, y sobre todo con el pequeño Gérard, quien encuentra en su tío el contacto que no recibe de sus padres. Hulot vive en un pequeño ático de complejo acceso, en una zona con poca esperanza de vida, amenazada por esas nuevas construcciones que se anuncian en los títulos de crédito y en el tramo final de Mi tío (Mon oncle). Así pues, se trata de un microcosmos anclado en una tradición, en la que se puede observar: los puestos de venta ambulante, al barrendero amontonando la basura que recoge, al tiempo que cotillea la situación del vecindario o al hombre que sale de su casa en pijama y zapatillas para pasear a su perro, pero que termina irremediablemente en el bar, lugar donde se solucionan las desavenencias. Esta Hulotlandia resulta entrañable, cómica y el emplazamiento perfecto para un señor Hulot que no sabe de prisas, de ambición o de tecnología (su medio de transporte es una bicicleta con motor). Así pues, no resulta extraño que Hulot se sienta un intruso cada vez que se presenta en la casa de sus familiares, no por que le rechacen, aunque su cuñado encuentra en él una mala influencia para Gérard, sino porque no se siente cómodo dentro de un espacio marcado por unos caminos de los que no puede salirse, o se correrá el riesgo de estropear un diseño que roza el minimalismo más extremo y absurdo, adjetivos que se podían utilizar para describir a los invitados a la fiesta que ofrecen Adrianne y Charles, a la que acude este extraño y entrañable patoso. Y menos mal que llega, porque la reunión resultaba anodina, llena de personas que simplemente no tienen nada que aportar o no saben como disfrutar de una velada ociosa. Con Hulot la celebración entra en un caos descontrolado, que se presenta en forma de gags muy graciosos y bien elaborados. Sin embargo, este individuo, que sí sabe disfrutar de las pequeñas situaciones que se le presentan, no encuentra cabida en esa nueva era tecnológica y por lo tanto debe ser apartado de ella. Mi tío repite los aciertos de Las vacaciones del señor Hulot, pero da un paso más, al contraponer dos situaciones que no tienen cabida en un mismo marco de espacio-tiempo, algo que Jacques Tati aprovechó para dar rienda suelta a su excelente ingenio, que se descubre en los numerosos detalles visuales que pueblan un film lleno de aciertos y de un personal sentido del humor.

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