martes, 28 de junio de 2011

La rosa púrpura de El Cairo (1985)

No me resulta extraño pensar que, para dar cuerpo a La rosa púrpura de El Cairo (The Purple Rose of Cairo), Woody Allen se inspirase en Buster Keaton y El moderno Sherlock Holmes, la cual posibilita el acceso de sus personajes de ficción a la realidad en la que vive Cecilia (Mia Farrow), consiguiendo con ello sentimiento y frescura, sobre todo cuando se observa a los personajes irreales siendo observados por un público que no entiende qué sucede. Como consecuencia de la desaparición del protagonista de la película, el actor de carne y hueso que lo ha encarnado y los ejecutivos de la compañía se trasladan a New Jersey, el lugar de los hechos. Y será entonces, cuando a Cecilia se le plantee la oportunidad de elegir entre Tom Baxter (Jeff Daniels) o su álter ego, o lo que sería lo mismo entre el mundo ideal del cine o el mundo real al que pertenece. Este enfrentamiento le reafirma en su creencia de ser una mujer minusvalorada y le confiere la fuerza necesaria para plantar cara a su tiránico marido (Danny Aiello), machista y egoísta. Su relación de pareja no deja de ser una relación de amo-exclava, algo que no sucede con sus dos nuevos enamorados, que le hacen sentir la plenitud de una vida que nunca había comprobado hasta entonces, sin embargo, puede que la realidad no sea más que una mera fantasía y la fantasía una realidad que no puede aceptar. Como en otras producciones de Allen, también La rosa púrpura de El Cairo profundiza en el interior de dos personajes carentes de aquello que precisan o desean, no obstante, no resulta una película triste, sino reflexiva, irónica y divertida. Cecilia es una mujer infeliz en su matrimonio que busca refugio en las películas románticas que proyectan en el cine de su barrio, las mismas que le ofrecen la oportunidad de escapar de una vida real que no le llena y que solo le causa sufrimiento y desaliento. Pero todo cambia para ella cuando asiste al estreno de La Rosa Púrpura de El Cairo, un film que verá en cinco ocasiones más, hasta que uno de los personajes, Tom Baxter, sale de la pantalla y le declara su amor. Este secundario desea ser libre, conocer a Cecilia y comprobar cómo es el mundo real, un lugar que desconoce por completo y que no comprende, pero que le permitiría poder escoger y hacer aquello que desea, no lo que le obliga un guión (que sería una especie de Dios, o esa es la interpretación que le da Tom cuando le hablan de un ser supremo que rige los destinos y las vidas en el mundo real).


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