miércoles, 15 de junio de 2011

La Pantera Rosa (1964)


Cuando se habla de La Pantera Rosa (The Pink Panther) como un clásico de la comedia, no se refiere a su calidad, sino a los factores que hacen del film de Blake Edwards una fuente de referencia dentro del género. El primer acierto se encuentra en los títulos de crédito donde se presenta a una pantera animada, que posteriormente tendría su propia serie de televisión. Segundo, la banda sonora compuesta por Henry Mancini logra un enorme éxito, gracias al tema central (uno de los más reconocidos dentro del panorama cinematográfico). Tercero, el humor de la película se centra en las torpezas más que en los diálogos, enfoca la comedia hacia algo físico y desastroso, cercano a los dibujos que se pueden contemplar al inicio. Cuarto, la aparición de un personaje vital, aunque en esta primera película algo desaprovechado por la presencia de otros actores de peso, interpretado por Peter Sellers, quien no tardaría en ser el protagonista absoluto de una serie de secuelas cuyo humor rozan lo absurdo, lo delirante y lo patoso. Quinto, la presencia de un reparto de altura encabezado por David Niven, actor que da vida a Sir Charles, el aristócrata sospechoso de ser el ladrón que pretende apoderarse del brillante más famoso del mundo: La Pantera Rosa. El inspector Clouseau viaja a Italia advertido de las intenciones de ese ladrón desconocido, aunque conocido como el Fantasma, pues así firma sus golpes, dejando un guante blanco en el interior de las cajas fuertes. En el país transalpino se encuentra la bella princesa Dala (Claudia Cardinale), dueña legítima de la joya. Pero este torpe, desubicado, manejable y autocomplaciente policía no viaja solo, sino que le acompaña su esposa (Capucine), que trabaja para el Fantasma sin que su marido lo sepa, aunque existan evidencias tan claras que sólo un policía como él podría pasar por alto. Con este planteamiento, Blake Edwards traslada la acción al norte de Italia, a una estación de esquí donde se reúnen personas de una escala social muy por encima de la media; estos hombres y mujeres viven en la apariencia, en la ostentación y en un continúo estado de fiesta. Dentro de ese glamour irrumpe el inspector, un hombre que nada tiene que ver con ese hábitat en el que sir Charles se mueve como pez en el agua. Ahora sólo falta un elemento para que el juego se desarrolle en su plenitud, esa pieza llega de los Estados Unidos, y su nombre es George (Robert Wagner), el sobrino de sir Charles, un joven embaucador que abandonó el país como consecuencia de sus deudas. Finalmente, Edwards ya tiene todos los ingredientes, el grupo se encuentra reunido, el golpe a punto y la policía al acecho. De ese modo, el desenfreno se alza con el control de las imágenes, del guión y de los personajes, las situaciones que se producen alcanzan momentos hilarantes, como podría ser la escena de los coches y la falsa cebra deambulando por una plaza en la que un anciano no puede dar crédito a lo que observa, sin duda una escena muy divertida y sin sentido, dos características que serían una constante en las exitosas secuelas, en las que lo absurdo y Peter Sellers tendrán el protagonismo absoluto.

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