domingo, 19 de junio de 2011

La octava mujer de Barba Azul (1938)

Un magnífico y divertido guión, escrito por Charles Brackett y Billy Wilder, sirven al talento, a la elegancia y al dominio de situaciones cómicas, innatos en Ernst Lubitsch, para que éste ruede una excepcional comedia, La octava mujer de Barba Azul (Bluebeard's Eighth Wife), película repleta de diálogos ingeniosos, irónicos y simpatícos, que se producen entre unos personajes que desde el inicio apuntan hacia ese humor que posteriormente aparecerá en las comedias de Wilder. La historia, encuadrada dentro del subgénero screwball comedy, se centra en una lucha de inteligencia entre Michael (Gary Cooper) y Nicole (Claudette Colbert), que se desarrolla a la perfección gracias a un ritmo envidiable, acompañado por un constante abrir y cerrar de puertas, característica que se presenta en las comedias de este fenomenal director, por donde entran y salen esos seres imposibles, que ofrecen una situación de constante movimiento, rapidez y enredo. El relato se desarrolla en ambientes elegantes, donde incluso los pobres tienen la fortuna de poseer un título nobiliario, y que inicialmente se ubica en la riviera francesa. Michael Brandon, un millonario de fuerte carácter, recién llegado a La Costa Azul, es capaz de discutir por el precio de un pijama porque no pretende llevarse el pantalón, puesto que él no lo utiliza y por principios no compra aquello que no usa. Esta discusión, una escena muy divertida donde se aprecia el conocido toque Lubitsch, es presenciada por una desconocida, Nicole, quien accede a comprar la parte inferior porque se ajusta al regalo que pretende hacer. El flechazo es inevitable, Michael siente fascinación por ella, sin embargo, una serie de comentarios mal interpretados le hacen pensar que Nicole se encuentra comprometida, malentendido que le acarrea una pérdida de interés hacia ella. Pero por intervención del destino o, si se prefiere, por las pautas que marca la comedia, conoce al padre de la muchacha (Edward Everett Horton), un marqués sin blanca, en una situación que le desvelará que el pantalón del pijama, no era para un amante, sino para este estrafalario individuo. Michael, haciendo gala de su carácter decidido, pretende, sin consultar con la implicada, que sea su esposa. Este hombre práctico consigue cuanto quiere y no se plantea si el método o las palabras que utiliza para lograrlo son las correctas o no. Por fortuna para él, Nicole se ha enamorado perdidamente y accede al matrimonio. Sin embargo, antes de producirse el enlace, se entera de que su futuro esposo ha estado casado con anterioridad, circunstancia que le resulta una inesperada sorpresa, que se verá desbordada cuando el casanova le confiesa (como si fuera lo más normal del mundo) que no ha estado una, sino siete. A partir de ese momento, la situación se altera, aquello que parecía un idilio fantástico, se convierte en una pesadilla para Michael, quien inconscientemente se encuentra sumido en una lucha que le enfrenta a su propia esposa. Esta pelea, no violenta, en la que Nicole siempre lleva la delantera, y lo hace porque ella es quien impone las reglas de un juego cuya finalidad no es otra que escarmentar a Michael, pretende conseguir que su Barba Azul no vuelva a divorciarse y permanezca a su lado para siempre. La octava mujer de Barba Azul es una de las grandes comedias de Lubitsch (a pesar de la fría acogida en el momento de su estreno). Rodada con gran maestría, ritmo y una frescura inigualable, se muestra como un continúo entretenimiento en el que todas las piezas encajan a la perfección, del mismo modo que perfecto resulta ese abrir y cerrar de puertas que predicen intervenciones no deseadas, que derivan en situaciones de elegante y sutil comicidad, como serían los encuentros fortuitos en el seno de un hogar que comparten desde la lejanía de sus dormitorios o la excelente escena en la que Michael sigue al pie de la letra los consejos que aparecen escritos en el libro que lee para relajarse, La fierecilla domada de William Shakespeare; dos buenas muestra de ese personal toque que convirtió a Ernst Lubitsch en uno de los grandes de la comedia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario