miércoles, 8 de junio de 2011

Furia (1936)


Con su contrato con la MGM a punto de expirar, Fritz Lang tuvo la oportunidad de rodar Furia (Fury), una de las cimas del cine de denuncia social surgido durante la Gran Depresión que asoló a Estados Unidos tras el crack de 1929. Como consecuencia, esta película que arranca con una feliz e inocente pareja que desea casarse, se convierte en una amarga crítica contra un sistema corrupto que desorientaba al individuo, que en ocasiones asumía la violencia como medio para alcanzar sus fines (durante la época surgieron un gran numero de delincuentes) o para desahogarse de los males que lo aquejaban. De tal manera, aquello que en el film se inicia como la promesa de una relación con futuro y amor se transforma en la desesperación e imposibilidad en la que poco después se observa a los enamorados de Furía. La ausencia de medios económicos y la posibilidad de conseguirlos, marca la decisión de la pareja de aceptar una separación momentánea, porque esta les permitiría reunir el dinero suficiente para emprender una vida en común. De modo que el sueño de ambos implica que la chica se traslade a un pueblo donde le ofrecen unas condiciones de trabajo mejor remuneradas que en Chicago, lo que nos lleva directamente a la estación donde Joe (Spencer Tracy) y Katherine (Sylvia Sidney) se despiden con la esperanza de una vida futura en común. Transcurridos varios meses y reunido un pequeño capital, el joven parte en busca de su prometida, pero lo que semeja un viaje feliz se convierte en un infierno. Detenido, acusado de un secuestro que no ha cometido, es conducido a una cárcel, mal protegida y mal condicionada. El odio y el rencor arrastra a la vecindad, quienes exigen una justicia inmediata y un castigo ejemplar para el presunto secuestrador, a quien ya han catalogado de culpable. Poco después, Fritz Lang muestra una escena (varios primeros planos) que alcanza una crudeza inusual, que presenta el odio que arrastra a esa jauría humana y la satisfacción que les produce observar las llamas que devoran el edificio donde se encuentra ese culpable al que le niegan su derecho a un juicio justo. El inicio del film presenta a un hombre honrado, que confía en la ley y en el espíritu que proclama su país. Sin embargo, posteriormente, las palabras de Joe desvelarán que se ha producido un cambio en su pensamiento <<...perdí la fe en la justicia...y en el país al que tanto amé>>. Algo que, por otra parte, no se le puede reprochar tras sufrir una experiencia salvaje e inhumana. El personaje interpretado por Spencer Tracy evoluciona a lo largo de los minutos. Su rostro desvela su estado, su forma de ser o de ver la vida. Si bien se presenta amable, ilusionado y bondadoso, se descubre, tras su linchamiento, que ya no queda el menor atisbo de los rasgos anteriores. Ya no es el Joe de antaño, confiado y esperanzado, su lugar lo ha ocupado un ser huraño, malhumorado y devorado por una ansia de venganza que se convierte en su única razón de ser. Fritz Lang dirigió, sin concesiones de ningún tipo, este drama moral, oscuro, pesimista y violento, adjetivos que lo acercan a las posteriores producciones inscritas dentro del cine negro. Furia hace hincapié en aspectos de una sociedad en la que prima el interés político por encima del cumplimiento de lo que es correcto (no envían tropas para frenar a la masa porque están en año de elecciones y ello puede acarrear una mala publicidad). Del mismo modo muestra, brevemente, un asunto tan serio como un juicio por asesinato que se convierte en una especie de circo mediático, consecuencia de su retransmisión radiofónica, patrocinada por algún producto que sabe que la audiencia estará escuchando. La mentira, la falta de honradez, al no aceptar el mal que se ha provocado, la locura que ataca a la multitud cuando se deja arrastrar por una idea y disfruta llevándola a cabo, sin plantearse si es o no lo correcto ("Las masas no piensan", dice Katherine en el tramo final), la conciencia que persigue a un hombre honrado, que le obliga a recapacitar (cuando declara Katherine, Joe no puede continuar escuchando y apaga la radio. Además, oye voces y ve imágenes de un pasado que le advierte de un futuro que él mismo se está gestando). Estos y otros aspectos hablan de la gran riqueza tanto formal como sustancial de un CLÁSICO que fue la primera película estadounidense de un genio cinematográfico fundamental en la conversión de un espectáculo de feria en un arte universal.

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