viernes, 24 de junio de 2011

Berlín occidente (1948)

Berlín Occidente (A Foreign Affair) significó el regreso de Billy Wilder a su país natal tras su salida forzosa a inicios de la década de 1930, cuando el sinsentido que significó el nacionalsocialismo le obligó, como a tantos otros, a huir a Francia y posteriormente a cruzar el charco en busca de esa tranquilidad que se le negaba en su patria. Tras su breve estancia en París, Wilder se trasladó a los Estados Unidos, país al que llegó con la intención de consolidar su carrera de guionista, iniciada durante su periplo berlinés. Y como es bien sabido lo logró. Sus inicios en Hollywood le permitieron trabajar con su idolatrado Ernst Lubitsch, pero también con Charles Brackett, su co-guionista habitual durante su etapa en la Paramount, coautor (con WilderRichard L.Breen) de este guión sin desperdicio (algo habitual en la pareja), repleto de diálogos mordaces que rebosan un humor crítico que no disimula la postura de los propios autores. Con Berlín Occidente (A Foreign Affair), Billy Wilder realizó un enredo, divertido y ácido, que recrea la situación real y mísera que se vivía en un Berlín destruido por los bombardeos sufridos durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. Por suerte, la sangrienta contienda  había finalizado, y el mundo volvía a estar en paz. No obstante, no era el mejor momento para celebraciones, sino para enfrentarse a un nuevo y difícil reto, reconstruir un país destrozado (muchos fueron los que debieron rehacerse desde los escombros). En esta Alemania de pobreza, miseria y ocupación militar aliada, aterriza un grupo de políticos estadounidenses con el firme propósito de evaluar el estado y el comportamiento de las tropas allí destinadas. Berlín Occidente (A Foreign Affair) toma como excusa un triángulo amoroso compuesto por los siguientes vértices: una competente e intransigente congresista, un capitán del ejercito y una mujer alemana. Cada uno de estos personajes representan los posibles posicionamientos que se enfrentarían en un marco como el que se presenta. La señorita Frost (Jean Arthur) ejemplifica el desconocimiento, no es capaz de profundizar en una situación complicada y confusa, consecuencia de un océano de separación que la ha mantenido ajena al conflicto y a sus consecuencias más inmediatas. El capitán Pringle (John Lund) representa al soldado que permanece alejado de su patria, de su familia, de sus costumbres o de sus novias, distanciamientos que le deciden acercarse a los habitantes del país donde se encuentra, y que, en un alto porcentaje, derivan en relaciones que el alto mando prohíbe, pero que no puede más que hacer la vista gorda. Por último, surge la figura de Erika (Marlene Dietrich), la mujer que lo ha perdido todo, ella es la imagen de ese pueblo que vive en la ruina y que para sobrevivir debe trabajar, intimar o, incluso engañar. Así pues, es tiempo de posguerra, Alemania se encuentra hundida, empobrecida y ocupada por soldados de distintas nacionalidades, ésto lleva a la población civil a confraternizar con las tropas de ocupación, no por gusto (al menos no es ésta la razón más importante) sino por necesidad. Estos seres desamparados buscan sobrevivir a toda costa, conseguir un empleo, un techo (aunque sea en un edificio semidestruido) o, simplemente, alimento. Aquí es donde el personaje de Erika se muestra en toda su plenitud, ella confiesa que no pretende soltar al capitán, una presa que le proporciona aquellas necesidades que le permiten recuperar parte de su condición de ser humano. En un polo opuesto se posiciona Phoebe Frost, de apariencia estricta, aunque no sea más que una fachada construida para sobrevivir en un mundo de hombres (como lo era la política). No obstante, se trata de una mujer sentimental con anhelos interiores incumplidos, que han abierto esa herida que semeja cicatrizar cuando aparece en su vida ese capitán, que inicialmente sólo pretende apartarla de una investigación que le conduciría hasta su relación con Erika (sospechosa de ser la novia de un importante miembro del partido nazi, quien según los informes militares se encuentra escondido). Su manera de actuar, consecuencia de unos sentimientos autoimpuestos de perfección y de frialdad, le produce una ceguera personal que no le permite comprender la situación por la que atraviesan tanto las tropas de ocupación como la población civil; y no será hasta que la vive en sus propias carnes cuando descubre el significado de la vida en un entorno prácticamente destruido.

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