viernes, 29 de abril de 2011

La Gran Guerra (1959)

La comedia fue el género idóneo para que Mario Monicelli ahondase en la realidad de sus personajes, porque, más allá de la comicidad, el desenfado le permitía acceder al drama que forma parte de la cotidianidad de los protagonistas, de sus vidas, de su entorno y de sus historias, historias como las narradas en Vida de perrosGuardias y ladrones y Rufufú o la desarrollada al lado de AgeScarpelli y Luciano Vincenzoni en un guión que destaca por su ironía y su humor inteligente, pero también por la crudeza y el pesimismo que surge de la situación que se vive tanto en las trincheras como fuera de ellas. Como consecuencia, en La Gran Guerra (La Grande Guerra) no hay espacio para el heroísmo, solo para la carestía a la que se condena a seres de carne y hueso que sufren el miedo, la desesperación, el hambre o la tortura psicológica que les afecta mientras permanecen a la expectativa, conscientes de que tarde o temprano regresarán al frente donde les aguarda el sinsentido de una lucha que les obliga a matar y a morir. Para resaltar esta circunstancia, Monicelli y sus guionistas concedieron el protagonismo a personajes vulnerables, sencillos y a la vez complejos, como lo son Giovanni Busaca (Vittorio Gassman) y Oreste Jacovacci (Alberto Sordi), dos soldados a la fuerza, cuya picaresca y amoralidad surgen de su rechazo a formar parte de una guerra que ni han escogido ni desean, pero que se ven obligados a luchar porque alguien ha creído necesario enfrentarles con otros anónimos similares, en pensamiento y condena. A pesar de sus intentos de alejarse de la contienda, Giovanni y Oreste no pueden crear su propio destino, volviendo una y otra vez a la senda señalada por quienes no se dejan ver por los campos de batalla, donde se mata, se muere o, como bien dice el soldado Bordin (Folco Fulli), se desespera, porque <<la guerra no solo es dura cuando se dispara, sino también cuando se espera>>. Su frase resume el día a día de los sentenciados a perecer en cualquier momento, ya sea en las trincheras, en tierra de nadie o ante un pelotón de fusilamiento. En el frente expuesto por Monicelli no existe tiempo para la alegría, la familia, la generosidad o la esperanza, tampoco en la retaguardia resulta posible la relación entre Busacca y Constantina (Silvana Mangano), dos almas gemelas marcadas por su presente de carestía, violencia y miseria, el mismo presente que empuja a la pareja protagonista a transitar por el conflicto evitando cualquier situación que ponga sus vidas en peligro. Este posicionamiento, lógico en un entorno ilógico, genera el tono tragicómico que los hace cercanos y entrañables, al tiempo que permite comprender el por qué de su comportamiento cobarde y pícaro (reflejo de su humanidad y de su deseo de vivir), en el que no tiene cabida morir o matar por algo que ni comprenden ni han escogido.
A lo largo de esta obra maestra, en la que se descubren ciertas influencias de la excelente novela de Louis-Ferdinad Céline Viaje al fin de la noche (Voyage aut bout de la nuit, 1932) (uno de los títulos de referencia de Vincenzoni), se suceden momentos tan memorables como el constante ofrecimiento de Bordin, siempre presto a realizar los cometidos más peligrosos a cambio de las liras que guarda en la pequeña caja metálica que para él simboliza el bienestar de su familia. Más divertido resulta contemplar a los soldados de ambos bandos intentado atraer a una gallina que podría proporcionarles una comida más suculenta que el triste rancho diario, y que en una ocasión puntual alegran asando castañas. En medio de esta omnipresente carestía se observan las relaciones humanas entre los combatientes, entre Constantina y Busacca, que permite comprobar la evolución emocional del personaje interpretado por Gassmann, o la desesperación paternal del teniente Gallina (Romolo Valli) ante la insistencia de uno de sus soldados, quien continúamente le pide que le escriba o lea sus cartas de amor. Todo el humor expuesto a lo largo del film apunta a un final agridulce, que se confirma en las escenas que completan el significado de pérdida que conlleva el periplo bélico de la pareja de pillos, desde su encuentro en la oficina de reclutamiento hasta el amargo y brillante cierre del sinsentido expuesto en este título indispensable para cualquier amante del buen cine.

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