domingo, 1 de mayo de 2011

Doce hombres sin piedad (1956)

El cine judicial ha estado presente en comedias (La costilla de Adán o Monsieur Verdoux), dramas (El manantialAnatomía de un asesinato o Matar a un ruiseñor), westerns (La venganza de Frank JamesEl sargento negro), bélicos (El motín del Caine o Senderos de gloria), intrigas (El proceso Paradine o Testigo de cargo) y cine negro (Soy un fugitivoFuria o Más allá de la duda), pero en la mayoría de los casos se observa la perspectiva de un tribunal donde los abogados exponen su argumentos al tiempo que interrogan a testigos bajo la supervisión de jueces que controlan sus intervenciones. Sin embargo, en el debut de Sidney Lumet en la dirección de largometrajes la perspectiva fue otra distinta, ya que Doce hombre sin piedad (12 Angry Men) abandona la sala donde la pugna legal ha concluido y se traslada a la habitación que se convierte en el escenario exclusivo de otro enfrentamiento, que tiene como protagonistas a los miembros del jurado que se convierten en principio y fin de esta tensa, valiente y comprometida historia que obliga al espectador a plantearse y a posicionarse ante los hechos que se desarrollan allí donde se decide el bien más preciado del ser humano: la vida. De tal manera, en su primer contacto con el drama judicial, Lumet expuso un tema tan delicado como el de decidir quién vive y quién muere, y más desde el punto de vista de individuos que ni están preparados ni se encuentran en ese lugar por voluntad propia (la mayoría cree que estaría mejor en otra parte), pero que se han visto obligados por el sistema legal a asumir la responsabilidad de emitir un veredicto que puede salvar o condenar a un hombre a la pena capital. Con pulso firme y crítico se muestra a una docena de hombres que no se sienten implicados frente a la dura tarea que se les ha impuesto, porque han sido elegidos al azar entre otros muchos candidatos para presenciar el juicio y tomar una decisión de la que depende el futuro de un semejante, pero también el de sus conciencias, las cuales se ven puestas a prueba por un sistema que se proclama justo, pero ¿justo para el reo, que depende de la interpretación subjetiva de doce personas que carecen de preparación necesaria para asumir la responsabilidad adquirida por azar? ¿O justo para quienes deciden sin tener la certeza de hacer lo correcto? Aunque no lo digan abiertamente a ninguno le agrada asumir una situación que les exige compromiso, reflexión y sobre todo objetividad, ajena a mentes que han sido condicionadas por las pruebas, por los prejuicios que habita en cada uno o simplemente por su manera de entender cuanto escucharon y observaron en la sala del tribunal. Como consecuencia son seres subjetivos, y como tal reaccionan, por lo que cada uno de se deja arrastrar por su personalidad, por sus problemas y por sus miedos (algo que no podría ser de otra manera), lo cual les conduce al constante enfrentamiento y al estado de ansiedad que se afianza entre las cuatro paredes donde se encuentran recluidos a la espera de alcanzar la unanimidad que se resiste, ya que uno de los miembros (Henry Fonda) pretende un estudio exhaustivo de las pruebas, así se lo dicta su conciencia, no porque crea en la culpabilidad o en la inocencia o porque sea su deber como jurado, ya que alberga dudas y teme ser el responsable de mandar a la muerte a un inocente. Esta circunstancia delata que ninguno de los allí presentes se encuentra preparado para asumir la responsabilidad que les exige la sociedad y que a ellos los supera para sacar a relucir prejuicios, frustraciones, egoísmos, recelos y otras cuestiones que nada tienen que ver con la vida que se encuentra en sus manos y en su decisión final.

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